Mensaje
por Zico » Jue Feb 08, 2007 6:47 pm
Yo estaba en mi casa, en Zaragoza, con mis padres y mis hermanos varones. Sonido de la tele apagado, Carrusel en la mini cadena, y yo, como tenía por costumbre, recostado/echado en el suelo, apoyado en un viejo puf de cuero que mi padre siempre nos cedía cuando alguno de sus hijos se ponía a ver la tele abandonado los sillones que vestían las tres paredes. Al descanso de la prórroga mi madre, que preveía penaltis, se fue a la cocina y se puso a hacer la cena, eso sí, poniéndose el partido en la radio, algo que jamás había hecho y que nunca ha vuelto a hacer.
Justo cuando Cedrún está preparándose para sacar, a medio minuto del final, pasó por delante mío para dejarle la cena a mi padre en la mesilla que tiene junto a su sofá. Volvió a la cocina y entró en ella en el instante en el que Nayim golpeaba el balón. Yo estaba echado, pero algo en mis tripas hizo que me incorporara, y me puse de cuclillas. Cuando vi a Seaman correr hacia atrás empecé a gritar "¡Gol! ¡Gol! ¡Ojo, que es gol!", y en cuanto el balón superó su guante y tocó las mallas... Todos en el salón saltando y berreando como descosidos, mi madre entrando en tromba repitiendo "¡No puede ser! ¡No puede ser!", y al instante esperamos medio segundo a que se pitara el final, para ponernos de nuevo a gritar como desustanciados. Ni me acuerdo de si cené esa noche, pero sí recuerdo que mi hermano pequeño, con sus 18 recién cumplidos, se vistió como el rayo y se fue a la plaza de España. Desde la tele pude verle metido dentro de la fuente, y llegó a casa dos horas después, apestando a cerveza y con una curda medio buena. Mi madre le echó una bronca, pero no sé ni si se enteró. El mejor día que el Real Zaragoza me ha hecho pasar en mi vida. ¡A ver cuándo repetimos, que yo estoy dispuesto!
You're gonna need a bigger boat.