Esta mañana me he despertado con la radio puesta y la noticia de que hoy se firmaba el acuerdo definitivo para la desaparición del Vicente Calderón. En su lugar van a construir nosecuantos pisitos y un parque.
De repente me ha invadido una sensación de pérdida, melancolía y añoranza.
1994, una noche templada de abril, Madrid se quema y el Vicente Calderón se deshace (literalmente) bajo los pies de miles de zaragocistas.
Fue mi primer recuerdo de un título zaragocista, la primera vez que lloré de alegría por mi equipo, mi escudo, mis colores...
Alejo falla el penalti, Paquete Higuera se prepara y... bueno, lo demás ya lo sabeis...
Años después hemos vivido más alegrías y más sinsabores pero aquello fue el inicio de la época más feliz de nuestras vidas (de la de los más jóvenes, claro...), de las tardes de buen fútbol y salir afónico del estadio, comenzar a pasearnos orgullosos por toda Europa con nuestra camiseta, nuestras bufandas... orgullo blanquiazul. Ahora todo eso pasó y es parte del recuerdo, pero es un recuerdo nítido, recuerdo vivo.
No se para vosotros pero para mí, el Estadio Vicente Calderón es el envoltorio perfecto del mejor regalo de cumpleaños que me hicieron jamás... y ahora se va, desaparece y a mí me faltará algo cuando vuelva al puente de Toledo.
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Y disculpad si la historia queda un poco incompleta pero no es bueno ponerse a llorar en una sala pública de ordenadores... Aunque estoy segura que entre todos podremos completar este cuento




