TRASCENDENCIA SOCIAL DEL REAL ZARAGOZA DEL 95
El juego de aquella mítica alineación era impresionante. Una nota a resaltar era la comunión que hubo entre diferentes estamentos del club (luego se perdió...

) vestuario, presidencia, junta, afición, entrenador, medios de comunicación...
Se trasmitía una ilusión pocas veces vista, era un fenómeno social de la ciudad, de Aragón entero. Todo el mundo se sentía identificado con los colores del
Real Zaragoza, e incluso se produjo un hecho insólito: en los medios de comunicación nacionales (prensa, radio, televisión...)
se nos respetaba, incluso las declaraciones de muchos entrenadores de equipos de esa época revestían temor y respeto hacia nuestro equipo.
Cuando los domingos ibas a la
Romareda era como un ritual, la preparación para el partido, el quedar mucho rato antes para comentar y hablar -realmente se había estado toda la semana hablando de las maravillas del
Real Zaragoza- e ir encaminado por Fernándo el Católico rodeado de miles de aficionados que reventaban el campo con gritos de apoyo al equipo. Se notaba esa ilusión, esa unión entre todos los aragoneses para con su equipo.
Y era llegar al estadio y oir al speaker recitar la alineación que todos coreábamos de memoria, como era el juego de nuestro equipo, jugaban casi con los ojos cerrados. Te entraban escalofríos al ver el perfecto entendimiento del 11. La carne de gallina al disfrutar de aquellas goleadas -revestidas de juego espectacular- al Barsa, Madrid, Atlhletico... y muchos otros equipos que sufrieron en sus carnes la osadía y desparpajo de aquel
Real Zaragoza.
Las internadas de
Chucho, la inteligencia de
Albertico, la seguridad de
Andoni, la fuerza de
Xavi, la raza de
Gustavo, la velocidad de
Paquete, la maestría de
Santiago, la furia de
Esnaider...
Salías de la Romareda contento, feliz, pletórico... y con un buen sabor de boca, comentando las
excelentes jugadas de nuestro querido y admirado equipo.
Y por supuesto, llegaban los partidos europeos. Eramos grandes de Europa desde el principio. Nos temían en los campos europeos, sabían que detrás del Real Zaragoza había una ilusión de todo un pueblo, que le empujaba a jugar y ganar. Los desplazamientos iban acompañados de cientos de seguidores blanquillos. Y llegó Paris; allí estuvimos 30.000 almas aragonesas, acompañados de la Pilarica, empujando a aquel once irrepetible.
Se formó una ilusión, una comunión, una unión pocas veces vista en nuestra tierra. Se hablaba en el trabajo, en el bar, en la calle, en la política, en la prensa, en el hogar. Deseabas que llegase el domingo, bendito domingo, para volver a ver a ese equipo impresionante, nuestro espectacular
Real Zaragoza.