Ceniza escribió: Dom Jun 01, 2025 4:17 pm
Yo una vez abrí un restaurante. Lo hice todo perfecto. Mi gestión económica fue de diez. No faltó dinero para pagar el alquiler del local, el género y para contratar a los camareros.
El local llevaba setenta años sin reformarse. Soy un genio y logré que el Ayuntamiento y la DGA me pagasen una reforma. La cocina estaba incluso peor que el comedor, pero como eso no lo veía nadie, decidí no arreglarla. Tampoco lo vi tan importante y no conseguí que nadie me lo pagase.
Se acercaba el momento de abrir el local. Para dirigir el restaurante, puse al hijo de un amigo mío. Estudió dirección de empresas. Creo. Es muy majo. Y tampoco vi esencial que hubiera nadie al frente que supiera del tema. Mi gestión económica, de once sobre diez, que no sé si lo he dicho, podría con todo.
Abrí el local. Y, no os lo vais a creer, todo fueron pérdidas. No entendía qué pasaba. Hice un análisis de la situación. La gente decía que no le gustaba mi comida, pero eso sería quedarse en lo superficial. Busqué las causas de ello y las hallé.
No es que mi comida fuese mala, sino que los críticos de cocina son demasiado exigentes. Viven anclados en el pasado. En aquellos tiempos en que la comida era caliente y te llenaba el estómago. Su presión sobre mis cocineros provocaba que se les cayera la carne de la sartén. Ni un huevo frito sabían hacer por su culpa.
Los clientes, condicionados por la basura de los críticos, preferían irse a otros restaurantes. No lo hacían mejor que yo, para nada, pero tenían más suerte. Porque no sé si os lo he dicho, pero mi gestión económica es de quince sobre diez.
La suya es imposible que sea mejor.
El restaurante siguió abierto en Zaragoza.
Tuve tanto tiempo de pensar, desde la lejanía, que concluí que el problema eran los camareros y cocineros. Que tampoco es que me pasase por allí a ver qué hacían, pero seguro que eran ellos. No paré de pedirle al hijo de mi amigo que los cambiase, y siguió sin ser rentable el negocio. ¿Qué podía hacer yo? ¡Si solo era el dueño!
Y hoy día aquí sigo, en Madrid. El restaurante todavía está abierto. Creo. Bueno, seguro. Si el otro día hablé con Fernando, el hijo de mi amigo. Ya no me acordaba.
Me contó que el año que viene remonta el negocio. Pero me quiere sonar que me dijo lo mismo los años anteriores. Tampoco es que me importe mucho. Es una pequeña inversión para el dinero del que dispongo.
Fernando dice que ha conseguido captar a una clientela fiel, insuficiente para que salga rentable, pero fiel. Ellos piden la comida y no prueban bocado. La apartan, con gesto de asco. Pero les dicen a los demás que está cojonuda y que no saben valorarla. Que son desagradecidos, infantiles y estúpidos.
Ellos, mis clientes fieles, los que han sabido ver mi gestión económica de veinticinco sobre diez (no sé si lo he dicho), me aman.
No sé cómo se llaman, pero yo he decidido ponerles motes y me imagino su rostro como un avatar. Algún día me gustaría ir a conocerles. Pero Fernando dice que tampoco están mucho por allí, que tienen que irse a comer a casa, claro.
Además, ¿para qué? Si yo solo quiero su dinero, y eso me lo dan igual.